El domingo 14 de septiembre, después de posponer unos días la salida a causa del mal tiempo, Francisca realizó la singladura más larga desde que fue varada en el puerto de Segur. La barca del Ayuntamiento de Calafell, invitada por la organización de la Fiesta de la Sal y gobernada por los patronos y patronas de la asociación, zarpó de su puerto base a las 18:00 h llegando al Club Náutico de l'Escala a las 10:00 h del día siguiente, después de navegar un poco más de 16 horas.
Para los aficionados al mar, el viaje fue toda una experiencia, incómoda, sí, pero si hacemos caso al refrán, “carga que no pesa”, inolvidable y placentera. Sin embargo, tras las 100 millas náuticas navegadas, el agotamiento hizo acto de presencia en la tripulación y con los pies en el suelo y durante bastante rato, la sensación de movimiento continuó en el muelle.
¡Qué decir, de un viaje de tantas horas en medio del mar húmedo, tembloroso y oscuro, sólo en calma y tranquilo a partir del paso de la #Francisca por les Formigues!
En la barca, a pesar del buen ambiente y la compañía de los siete tripulantes, la soledad hacía respeto, y aún más mirando a estribor a causa de la negrura del agua y el cielo completamente nublado. Parecía que sólo había vida en los barcos que allí en el horizonte rompían también las olas como nosotros. Por babor, en cambio, la luz de las norias y de los castillos de fuego de Fiesta Mayor que encontraremos por el camino y la corrua de luces de la costa, se reflejaban en el agua, alguna vez bien apretadas como en la costa del Penedès o barcelonesa, y otras más espaciadas como en algunos kilómetros o millas de la Costa Brava o del Garra.
Ciertamente, en aquellas horas de la noche la travesía no tuvo ninguna complicación, pero debía estar muy dispuesta y con todos los ojos de la tripulación bien abiertos a la altura por el puerto de Barcelona, con Francisca pasando en medio de gigantescos barcos, algunos fondeados mientras esperaban entrar en la dársena, quién sabe si la sabía y la sabía, lo sabe viaje mar allá, como el ferry de Baleària que se cruzó a escasos 100 metros de la proa, con las luces de cubierta encendidas dejando patente su majestuosa presencia.
Quien no apareció hasta muy tarde fue la luna. ¡Claro que estaba! pero tan nublado como estaba era imposible que iluminara un poco el camino. No fue hasta las 3 de la madrugada cuando, al deshacerse de las nubes, apareció por proa transitando hacia luna nueva, ya muy adelantado el cuarto menguante y, por tanto, lejos de su máximo esplendor. Y quizá mejor que así fuera porque de este modo pudimos observar con suficiente nitidez la constelación Geminis, entonces más cerca de ellos, con Polus, Cástor y Júpiter, y Cáncer más al sur.
Todo cambió al amanecer cuando después del sol naciente se pudieron divisar con suficiente claridad, a babor, el macizo del Montgrí, el cabo de Begur, la playa de Pals y L'Estartit; ya estribor, el Medallot, la Meda pequeña y el Tasco pequeño y grande.
A partir de las Medes la tripulación agradeció el mar llano, y también Francisca, que al acabar la travesía quedó amarrada en el lugar que los marineros del Náutico de l'Escala le habían asignado, bien visible frente a Capitanía, para cumplir el papel de’embajadora del pueblo de #Calafell en la XXVIII Fiesta de la Sal.
Seguro que a Carlos Barral, calafellense de pro, que había conocido y probablemente habría subido a bordo de la antigua Francisca, también le hubiera gustado formar parte de la tripulación en su primer viaje a L'Escala, pero ahora toca a las actuales y futuras generaciones disfrutar de la experiencia de navegar con esta emblemática réplica.



